mi marido y su novio

 

 

Para las niñas del cole él era Nick Carter.
Para mí era el chico que jugaba a la goma en el patio, que hacía teatro como actividad extraescolar y que llevaba sudaderas de las Spice Girls conjuntadas con su pelazo rubio y sus ojos azules. Y aún así me gustaba.
Nuestro primer (y único) affair fue en el viaje de fin de curso de octavo donde me pidió salir. Para entonces ya vestíamos igual y nos entreteníamos haciendo coreografías.
Lo nuestro duró lo que dura una flor cortada en un vaso con una aspirina. De los 15, nos quedó un par de cintas que grabamos con nuestras voces apitufadas de adolescentes de instituto y las clases teóricas de cómo besar mientras estudiábamos en el parque. Él era experto en estos temas.
Por eso me dejó, por inocente y por frígida. Me puso los cuernos con una chica mayor que tenía pulmonía y por eso estuvo todo el verano planchando toalla en vez de refrescándose las partes nobles.
Bien le vino.
En contra de todo pronóstico, y por encima de mi falta de iniciativa y su promiscuidad, la amistad fue creciendo. Años después, descubrí que él era capaz de saber qué estaba pensando incluso antes de que la idea surgiese en mi mente.Ya teníamos ventitantos y los enamoramientos los habíamos guardado en el cofre de los recuerdos. Le propuse firmar un pacto de casamiento y fabricación de descendencia en caso de que nos quedásemos cual calcetines descabalados. Y otra vez más me fue infiel.

 
 
 
Creo que me dejó porque él era un hombre, pero sobre todo porque él era más marica.
  
Incluso se prometieron. Sucedió en el Barrio Rojo, en una esquina donde había un escaparate que contenía unas mujeres ligera de ropas.
Ambos se dijeron que sí y ahora tengo que comprarme tacones, un vestido rojo y un tocado de plañidera. 
Eso me fastidia.

Lo que no me fastidia es haber tenido que volver a Polonia para hacerlo público. Polonia me gusta. El vodka también.
La gente es agradable aunque no les entendía. El idioma es complicado; hay letras que se leen muy raro y las encadenan con demasiadas consonantes. Un poco loco.

También aprovechamos para visitar una catedral en unas minas de sal.
Nos pareció buena idea celebrar la boda allí, pero también nos dió miedo por eso de que lo mismo ardíamos al entrar por la puerta el día del casamiento y no era plan, que queda muy feo. En esas minas está complicado que entren los bomberos.